Mayra Olivares: La reina de lo hechizo

Ir de visita al Taller El Litre siempre es una aventura. En cada rincón hay un objeto, planta o creación que parece sacada de una obra de teatro. Y es que este lugar ya se erige hace más de 20 años como un templo para las artes escénicas. Es allí donde Mayra y su compañero Willy han creado escenografías, vestuario y utilería para pequeñas y grandes compañías de teatro, proyectos y colectivas artísticas. Años de historias, viajerxs y artefactos mágicos que se han ido entramando punto por punto en la máquina de coser de la memoria de esta obrera del arte, quien nos abrió las puertas de su taller para conversar sobre su vida en el oficio.

Escrito por Jannel Lobos

A las 11 de la mañana de un caluroso día de febrero porteño (de esos que empiezan con una neblina espesa que después se abre cuando menos lo esperas), nos plantamos frente a la puerta de la casa de Mayra Olivares (42). Una reja ensamblada con partes de bicicleta y cables de luz que apenas sobreviven a la expansión caótica de frondosas enredaderas, son un adelanto de lo que se viene. En el último peldaño de una empinada escalera, Mayra nos recibe con una sonrisa y varios gatitos que intentará infructuosamente regalarnos durante la entrevista. Su día comienza temprano y está lleno de actividades y visitas. Da la impresión de ser de esas personas que puede hacer muchas cosas a la vez porque tiene la energía para lograrlo (y de paso, motivar al resto). Una “tiradora de carreta”, como ella misma se define.


Nacida y criada en una familia de hacedores, Mayra pasó gran parte de su infancia y adolescencia en Recreo, Viña del Mar. Siempre estuvo rodeada de herramientas, porque su abuelo era herrero y su papá tenía un taller mecánico junto a su tío. Desde pequeña se interesó por los oficios: Lxs adultxs la dejaban entrar al taller donde podía pasar horas dando vuelta la fragua. Viendo trabajar a su abuelo aprendió a soldar, machacar el fierro, cortar palos y aguzar el ojo y el oído para absorber todo lo que pasaba a su alrededor. (Nota al pie: los adultos nunca le dijeron que estaba mal que una niña se engrasara las manos en vez de jugar con muñecas. Un punto para lxs adultxs).

A los 12 años, Mayra hacía sus primeros trabajos en el barrio: Conseguía un fondo de olla con su abuelo y teñía ropa para una lavandería por dos lucas. Así fue como comenzó a interesarse por el oficio textil. “A mí mamá no le gusta nada manual, ella es de la cocina, pero mi papá es el obrero que nos incentivó, yo creo que salí a la familia de mi papá”. Como no le iba bien en el colegio, nunca tuvo grandes expectativas sobre estudiar y tener una profesión. “Empecé a buscar distintas formas de subsistir porque tenía pésimas notas y la idea de éxito de la universidad no me hacía sentido: yo quería hacer cosas”. Con su tía fue aprendiendo a desarrollar el arte de la costura y poco a poco empezaron a llegar trabajitos a su puerta.

Era creativa, baratera y analizaba con ojo agudo el entorno. Todavía lo hace. Reciclaba algo por aquí y armaba algo por allá. “Cuando chica veía que mi papá era un hombre super creativo. Si necesitaba hacer un ábaco, él tomaba unos palos ¡y zás!, aparecía. Era como un hechizo mágico, me gusta mucho esa palabra por lo mismo”.

 “A veces con poquito se puede hacer algo que te saque del cotidiano, y en este oficio hay muchas personas diseñando, pero muy pocas son realizadoras“.

Mayra había practicado un poco de circo en su adolescencia, y observaba que sus pares no se interesaban mucho por el vestuario. Empezó entonces a realizar arreglos de ese tipo. “A veces con poquito se puede hacer algo que te saque del cotidiano, y en este oficio hay muchas personas diseñando, pero muy pocas son realizadoras“. Esos encargos la hicieron entender que había una veta para ella en las artes escénicas. Combinando su oficio (textil) y los de Willy (metal y madera), comenzaron a dedicarse a la creación de vestuario y escenografías. 


“En Valparaíso hay una Escuela de Bellas Artes, y como esa no exigía notas para entrar, sino que dibujos, yo postulé. Estuve dos años ahí, y ese proceso también me ayudó un montón a abrir la cabeza. Yo estudié escultura, entonces me dio toda la parte tridimensional, y entre el 96-97, cuando quedé embarazada, lo dejé porque decidí criar”. A los 19 años, con su primer y único hijo en camino decidieron migrar hacia el Cerro El Litre, lugar donde la familia de su compañero había construido una casa en un terreno recuperado. Los pedidos comenzaron a ser cada vez más grandes y el taller del papá de Mayra en Placeres ya no era opción: Había que encontrar otro lugar para trabajar.

Taller El Litre

Pasando un corredor verde sobre el cual volveremos más adelante, se alza un cartel que anuncia la entrada al taller de Mayra, separado por algunos metros del taller de madera y metal de Willy. Adentro hay tantos estímulos visuales que cuesta un poco acostumbrar la vista al espacio y no perderse entre los infinitos detalles. Lo primero que salta a la vista es una colección de pequeñas máquinas de coser antiguas y un altar repleto de gatos de la fortuna Maneki (de esos que mueven la garrita). Otra pared esconde un centenar de rollos de tela almacenados en cajones de madera, hilos multicolores, vestuarios que cuelgan desde el techo, un mesón de madera con trabajos en proceso, múltiples retazos de género y creaciones hechizas para costurar, guardar alfileres o incluso sentarse. Un pequeño altillo en el que quizás se han escondido los gatitos que vimos al llegar, se asoma en el otro extremo de la habitación.

Hace 20 años, el taller de madera y metal que se encuentra a los pies de la casa era un garaje que había sido ocupado por un vecino, y que tiempo después fue abandonado a su suerte cuando éste falleció. “Abrimos el lugar, lo limpiamos junto a vecinxs y de a poquito fuimos dejando nuestras cosas, armando un mesón y llevando los trabajos para allá”, recuerda Mayra. Nuevos encargos para compañías de teatro y artistas callejeros empezaron a conformar una red de amigxs y compañerxs que entraban y salían del taller. Una micro acondicionada como residencia -cuando aún no se usaba ese término- les permitía recibir a lxs viajerxs. Esxs mismxs amigxs fueron los que bautizaron el taller. 

“Valpo está lleno de artistas talentosísimxs e independientes, casi todxs forman parte del 40% del quintil más bajo en la ficha de protección social. Nos auto empleamos y vivimos de la autogestión de espacios como este”

Vincularse con la escena artística y cultural de Valpo le ha enseñado mucho a Mayra. “Este oficio me ha permitido conocer a mucha gente, te rejuvenece, viajas, no sé, te enriquece mucho trabajar con diferentes grupos, con diferentes dinámicas de hacer y crear. Vas viendo cómo la gente hace sus creaciones; hay compañías más grandes, otras más herméticas, unas que te dejan aportar y hacen lluvia de ideas, otras que no, entonces ahí vas mirando y aprendiendo mucho de la gente.” Producto de ese aprendizaje constante es que Mayra se considera a sí misma como una obrera de la cultura. 

Actualmente, el Taller El Litre tiene una personalidad jurídica que cuenta con más de 60 socios inscritos, algunos de ellos conformaron a su vez un comité de vivienda cuando la inmobiliaria que compró los terrenos anunció que serían destinados a la construcción de viviendas sociales. “Somos una ocupación, y ha sido un trabajo muy duro enfrentarse a un staff de abogados demandando a vecinxs, gente que vive acá hace 40 años”. La idea es que este comité sea artístico, para preservar el sector y convertirlo en un barrio cultural. Esperan que si se construyen viviendas sociales, al menos el taller se mantenga en pie para que puedan trabajar. “Valpo está lleno de artistas talentosísimxs e independientes, casi todxs forman parte del 40% del quintil más bajo en la ficha de protección social. Nos auto empleamos y vivimos de la autogestión de espacios como este”. 

En esta lucha por preservar el barrio que acogió sus oficios y arte, actualmente Mayra encabeza el comité de vivienda. Después de participar de reuniones con la municipalidad y presentarse a múltiples citas en juzgados, asumió el rol de informar a sus vecinxs sobre las novedades de la causa. “Somos 46 socixs que formamos parte del comité, y ellxs me escogieron de presidenta junto con una tesorera y secretaria, puras mujeres. Acá no solo estamos defendiendo nuestras casas, defendemos el barrio, que es un curador de las tradiciones porteñas. En septiembre abrimos el taller para hacer volantines, para confeccionar al Judas que después se quema, todo lo decidimos en conjunto”. 

La política del taller con respecto al uso del espacio es la apertura permanente de sus puertas a la comunidad y a quienes se interesen por desarrollar proyectos en él. “Si alguien necesita desde cortar un palo, venir a atornillar o pedir una herramienta, un pedacito de alambre, nosotros siempre estamos abiertos a eso”. Del mismo modo, cuando llegan trabajos grandes al taller, la pega se comparte con lxs amigxs y vecinxs: No existe la figura del contrato; se transparentan los montos, se dividen las tareas y se ejecutan. El taller solo cobra un porcentaje extra por el uso de las herramientas. La idea es que fluyan los recursos y se generen redes y alianzas virtuosas fuera de las lógicas del mercado.   


“Somos bastante generosxs, tenemos hartxs amigxs, y esto de trabajar en los territorios nos ha dado experiencia en ese ámbito. Con la Cocina Pública hacemos talleres y eso te da un training de cómo interactuar con la gente”. Cuando hicieron la asamblea y preguntaron quiénes querían ser socios del taller, se inscribieron muchxs vecinxs, no solo artistas escénicos. Para Mayra eso tiene que ver con la forma en que el taller se ha posicionado en el territorio, y por las mismas características del barrio. “Este es un barrio añoso, de familias que viven y han criado aquí, y eso hace la vida de barrio, que podamos conocernos”. Tienen un WhatsApp como canal de comunicación con lxs vecinxs y son quienes tejen las redes hacia la institucionalidad para que las cosas pasen. “Yo ya no espero a nadie, si quiero hacer algo, lo hago no más, sé que puedo hacer”.

Reciclaje textil

Una de las cosas que caracteriza a Mayra es su consistencia. Para ella, el oficio textil siempre ha estado ligado a la necesidad de hacerse cargo en paralelo de una de las mayores fuentes de contaminación del planeta. “La industria del retail hace que todo sea una moda desechable, de baja calidad. Nos tienen uniformadxs. Eso del Prêt-à-porter (listo para llevar) que nació en la década de los 50 contaminó todo y mató a todas las modistas, a las costureras, a los sastres. La industria de textil sabemos que es la más contaminante pero solo hay reciclaje de cartón, de lata y de vidrio. ¿Qué pasa con el textil? Se va a la basura”. 

Mayra dice que jamás bota cosas, que todo lo que va sobrando lo convierte en algo más, arma unos pequeños puf y los envía a diferentes lugares y va trabajando con el material que tiene para evitar comprar. “Uso telas super antiguas, me regalan cosas de un asilo, tengo una cantidad de botones. Pienso que por lo menos tengo el espacio para acumular e ir usando en diferentes proyectos. La gente sabe que yo junto, entonces me traen”. En el taller no solo crean cosas, también reparan en pos del reciclaje. “Damos soluciones a los problemas cotidianos, la gente se siente parte del taller y viene. También presto el taller, porque hay un montón de diseñadores chicos que no tienen dónde trabajar y vienen a hacer sus pegas para acá”.

La naturaleza de las plantas

Todas las mañanas, Mayra despierta muy temprano y comienza la labor de cuidar su jardín y huertas. A la salida de su taller, un pequeño santuario verde da cuenta de una colección añosa de cactáceas, suculentas, flores y hierbas que se alzan desde las alturas y vigilan el cerro, mientras mariposas y abejas hacen rondas por el patio. Plantas acuáticas, un bambú negro, un belloto centenario y un imponente grupo de cactus de San Pedro a punto de florecer, flanquean la entrada y hacen lo propio hacia adentro, protegiendo el lugar. “Le damos tiempo a todos los espacios para mantener todo vivo, porque las plantas necesitan agua, cuidado, y reflejan el estado de ánimo de la gente”.

Durante su infancia en Recreo, Mayra descubrió que había muchos jardines y comenzó a observar las colecciones de plantas de sus vecinxs. “Sacaba un brote y lo trasplantaba, nunca nadie me enseñó formalmente, no sé de dónde aprendí pero fui experimentando y desde chica que trabajo con las plantas”. Desde entonces comenzó a cultivar su colección y eso la motivó a querer tener su espacio personal. Dice que en los momentos en que no puede conectar con la creatividad u otras emociones, siempre se refugia en el jardín, es su doctor y terapia. Su hijo de 23 años también ha sido una parte importante en su conexión con la naturaleza. “Le mostramos todos los caminos y él decidió estudiar botánica, así que es un tremendo partner para mí, nos acompañamos y me enseña mucho”. 

Sin embargo, las plantas no solo representan una posibilidad de conectar con la tierra y su mundo interno, sino que también le dan a Mayra un espacio donde puede relajarse, crear comunidad y proyectos. “Hay una placita aquí en el barrio que levantamos con lxs vecinxs, se llama Huerta Libre Macarena Valdés, y es un multiespacio. Hemos hecho tocatas, cumpleaños, reuniones del comité de vivienda y la huertita”. Dice Mayra que una de las razones por las que eligieron el lugar es precisamente su flora y fauna. “Hay abejas, parte del museo de los pajaritos que vienen a este sector, entonces como que también incentivamos a que lxs vecinxs quieran su calle, porque para nosotros la calle también es parte de nuestra casa”. 

Uno de los proyectos que hoy por hoy motivan a Mayra, fusiona dos de sus grandes amores: las plantas y la escena artística. Junto con un grupo de amigxs están creando una “Jardinera Itinerante”, carro móvil construido sobre bicicletas que les permitirá moverse por distintos barrios en compañía de actrices/actores para intervenir espacios, mejorando áreas verdes y/o recolectando plantas medicinales. “Estamos levantando la jardinera porque creemos que las plantitas sí que sanan, sanan el alma, y no sé pos, de paso vamos fomentando el reciclaje, que es otro de los puntos importantes para nosotrxs”. 

Otra de sus actividades ligadas a las plantas es el proyecto que se encuentra trabajando con el Núcleo de Activación Cultural (NUAC), espacio donde Mayra comparte principalmente con mujeres a través de la realización de talleres de huerta, escenografía y creación de macetas, entre otros. “Una tiene que escuchar, no tiene que hablar tanto a veces, tiene que poner la oreja para armar talleres. Mis talleres son más bien libres, porque yo no tengo una estructura, y como son de creación, invitan mucho a las mujeres”.

“Una tiene que escuchar, no tiene que hablar tanto a veces, tiene que poner la oreja para armar talleres. Mis talleres son más bien libres, porque yo no tengo una estructura, y como son de creación, invitan mucho a las mujeres”

El espacio de Mayra, tal como se ha conocido en los últimos 20 años, dejará de existir cuando indefectiblemente se construya el proyecto inmobiliario de viviendas sociales que ocupará todo el espacio de quebrada en que se asienta su casa y taller de costura. “Yo creo que lo que más me interesa es potenciar el Taller El Litre, para que sea un lugar donde trabajar y una escuelita de oficios libre. Hemos tenido varixs aprendices que nos han acompañado y que luego de sus aprendizajes hacen su propia carrera en oficios, entonces para mi eso es lo más importante, junto con no dejar de hacer, crear y mantenernos activos. Al menos yo no voy a parar nunca”.