El tatuaje ritual de Daniela Sumpai

Antes de los estudios y el ruido de las máquinas, existía un tatuaje que se practicaba en silencio. ¿Qué rol habrían cumplido, ancestral y espiritualmente, las tatuadoras dentro de sus sociedades? «Quizás el de la contención», piensa Dani en voz alta, que practica hace ya media década el arte de provocar heridas y trazar símbolos permanentes en la piel. 

Escrito por Pilar Higuera

Desde su taller en Villa Alemana, se escuchan las aves que intercambian mensajes en el patio. Daniela Sumpai (27) termina el bosquejo de un diseño que está por tatuar. La luz es natural y entra por una gran ventana, coronada por esquejes de plantas y algunas flores. En una de las paredes, un altar colgante sostiene elementos diversos: una piedra, una pluma, flores de manzanilla secas y la caparazón de un caracol. Un arco de semillas de bosque nativo protege una pequeña botella transparente, llena de agua. De fondo, una pintura retrata un volcán en erupción.

Tatuar sin máquina es trabajar la paciencia y la concentración. Eso pensé cuando hice mi primer tatuaje bajo este método (precisamente junto a Dani), mientras la observaba completando líneas y pintando en negro, punto por punto. La aguja sumergiéndose en la tinta como pluma que se apronta a escribir, pero luego en la piel como si la tejiera con cada puntada. Inmediatamente después de cada herida, limpiar y sanear. Tatuar así es abrir diálogo con las ancestras de la expresión, la creación y la curación. 

La técnica del tatuaje a mano o sin máquina —hoy más conocido como handpoke—apareció en su vida mientras estudiaba y trabajaba a la vez. Sin chance de destinar tiempo completo a su aprendizaje y sin referentes cercanos en Valparaíso, continuó su camino sola, acudiendo al propio cuerpo como lienzo. No es sino hasta dos años más tarde, mientras forma parte de la tribu Sumpai Zugun (danza del vientre tribal), que encuentra motivos para profundizar en su conocimiento con un propósito común.

«En algunas ocasiones nos maquillamos como las Amazigh, mujeres del norte de Egipto que inspiran esta danza, y ellas se tatuaban la cara: mentones, mejillas, el entrecejo, cerca de los ojos. Ahí, investigando, intentando entender por qué lo hacían, vimos unas traducciones en internet sobre el significado de sus dibujos. Ellas se tatuaban la cara como forma de protección, porque decían que por los agujeros entraban los malos espíritus o las malas energías». Así, antes de salir a bailar a las calles, exponiendo sus cuerpos y a ellas mismas, dibujaban símbolos -al igual que las Amazigh-, que comenzaron a transmitirse en la tribu.

Inspirada por otras mujeres de otros tiempos, Daniela se encontró con la necesidad de desarrollar un lenguaje propio. Uno que se alineara con la misma intención protectora, pero con identidad de este territorio. Que reflejara este contexto y los elementos de su entorno, así como ellas reconocieron en sus comunidades los propios.

 “Antes de salir a bailar a las calles, exponiendo sus cuerpos y a ellas mismas, dibujaban símbolos -al igual que las Amazigh-, que comenzaron a transmitirse en la tribu

Manifestaciones

«Siempre es distinto», asegura. Las sensaciones que experimenta a la hora de tatuar la atraviesan desde lo físico a lo mental, dejando esquirlas en el plano emocional. «Cuando parto, me da mucho calor». Fuego interno-animal que se expresa con el intercambio de energía entre los cuerpos, concentración que deviene en trance y le permite tatuar. «En situaciones de dolor, ya sea físico o producto de una situación intensa por la que está pasando la persona, siento mucho la necesidad de entregar contención». Cuidado y amor que, en la experiencia contemporánea, no aparecen necesariamente como parte del rol del tatuador. «Es que le estás causando dolor a otra persona, voluntariamente y bajo su consentimiento. Es loco». O es nuestro modo cómplice de contraer un acuerdo tácito con el universo.

Para Daniela, el tatuaje es una forma muy concreta de manifestar cosas. Intenciones, ciclos, aperturas, deseos, cierres. «Es llevarlo en la piel y para siempre, y la piel es lo más expuesto que tenemos, lo que también nos hace interactuar con el medio, con el entorno. En ese sentido, creo que es super poderoso manifestarse a través de estas imágenes que podemos intencionar para llevarlas con nosotrxs».

En su experiencia, ha sido precisamente a través de las imágenes que su lado más salvaje e instintivo ha encontrado expresión. «Algunas imágenes o símbolos que se me han presentado desde el instinto me permitieron entender muchas cosas que nunca pude explicar o compartir. Creo que son cosas que están presentes en cada persona y solo hace falta darle el espacio a la intuición para que surjan. Lo salvaje es lo más natural y básico dentro de todos los seres y está esperando encontrar espacio de manifestarse y ser oído». 

Los otros portales

Daniela transita dos medios diferentes: el papel y la piel. Por el primero, se mueve con libertad y explora múltiples formatos, sin límites de tamaño ni apremios sobre el tiempo. Allí tiene lugar la búsqueda de las imágenes que pueden migrar al cuerpo, transformadas de formas complejas a trazos sencillos pero reveladores.

Junto con el dibujo, su acercamiento espiritual lo identifica en la danza. Sumpai Zugun fue un momento clave para su despertar, trayendo cambios radicales y profundos a su noción de vida, junto con abrir definitivamente el portal del tatuaje. «SZ habla de reconectarse con lo primitivo y ser parte de todo lo que está presente en nuestro entorno, en el bosque, resistiendo». Sumpai Zugun —que podría traducirse como el lenguaje de los espíritus del agua—, rinde devoción a los ngen que habitan en los distintos cuerpos de agua, sean estos mares, ríos o esteros. «Mucho tiempo he estado intentando trabajar de manera aliada a los espíritus del agua, intentando interactuar de alguna manera. Primero desde la danza, luego en el dibujo y las imágenes, de manera de hacerlos presentes en nuestra cotidianidad». Y hoy, habitando ciudades que cada vez detentan más su espacio sagrado, la de Daniela es una alianza amorosa que encuentra activismo en el arte. Manifestando su aprecio, admiración y agradecimiento, mantiene un diálogo no siempre verbal, que se expresa de formas diversas y siempre encuentra eco en otras aguas. 

Para este ciclo, su plan es continuar a la velocidad de su otro oficio: la pintura. De tiempos holgados y ritmo meditativo. En esa frecuencia, su intención está puesta en seguir organizando acciones que le permitan reforzar el vínculo con el agua. Su permanente deseo: trabajar de manera colectiva, algo que desgraciadamente se ha debilitado en este contexto, pero que no pretende abandonar. Seguir activando, cultivando y conociendo, mientras transita las mareas que están por venir. 

Dónde ver el trabajo de Daniela Sumpai: instagram.com/danielasumpai

Fotografías: Fancisca González