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En defensa de las capuchinas: por una (infra)política del Tercer paisaje - Sofía San Martín

Sofia (@sofia.deunpuerto) es socióloga, ex profe-taxi y estudiante de filosofía. Nos presenta una reflexión sobre la noción de tercer paisaje, entendido como territorio residual explotado-abandonado por el capital, cuyo abandono se constituye como la condición de posibilidad de otres seres y de nuevas formas de relación (ejemplificadas con las capuchinas, flores naturalizadas en los cerros de Valparaíso).

En defensa de las capuchinas: por una (infra)política del Tercer paisaje

Más o menos en el mes de julio, se empieza a ver en los cerros de Valparaíso algunos puntos rojos,  naranjas y amarillos que se comen las quebradas.  Son las capuchinas, unas flores colorinches nativas de Perú y Bolivia, que llegaron aquí quién sabe cuándo.

Son flores migrantes.

Su nombre científico es Tropaeolum majus, planta que es considerada en múltiples ocasiones como invasora, dada la facilidad con la que se reproduce en este territorio. Alguna vez viví en un barrio donde los patios se llenaban de ellas: un vecino catlover, cuyo terreno abandonado olía a mierda todo el verano, de pronto se veía invadido de estas flores.

Tremenda bendición.

Valga decir que el aroma de las capuchinas era tan exquisito y a la vez tan potente, que nadie pensaría que bajo ese manto trepador estaba lleno de caca del Chayanne, de la Rucia y del Chocolate, además de basura y objetos olvidados. Otro vecino, también invadido, se obsesionaba con arrancarlas: “es que uno no se da ni cuenta y se llena, después tremendo trabajito sacarlas todas”. Entonces iba yo, recogiendo plantita por plantita, poniéndolas en agua para revivirlas y ubicándolas en mi pequeño balcón.

El vecino no entendía mi gusto por ese lleno, él prefería su patio “limpio”, como solía decir. Sin comprenderme, igual me guardaba algunas flores extirpadas y me las pasaba cuando me veía. Mi mala suerte era ser la única de la cuadra en no tener un patio. Yo deseaba ese lleno, quería que las capuchinas se comieran las paredes de mi casa. Luego me enteré de que es una planta estrella para quienes se aficionan a los huertos, porque resulta que atrae orugas, pulgones, entre otros seres que también comen lechugas y repollos, pero ante su irresistible presencia, las prefieren a ellas. Las mismas capuchinas son comestibles para humanes también, por completo: sus flores, sus hojas y sus semillas encurtidas. Para colmo, se dice que curan algunos males, y que en tiempos  pasados que no han pasado tanto, las mujeres machacaban sus hojas y se hacían compresas para sanar los machucones que les dejaban los hombres de la casa después de un arranque de mal humor.

¿Quiénes habrán arrastrado sus semillas hasta aquí? ¿Habrá sido un accidente? ¿Las habrán traído por bonitas y olorosas? ¿Las habrán traído como alimento? ¿Las habrán cultivado las mujeres machucadas para machacarlas y curarse?. No importa cómo llegaron, son nuestras. Se comen cada espacio abandonado de esta ciudad, como si el abandono mismo las hiciera posibles.

Como si el abandono no estuviera presente en cada esquina de Valparaíso. Abandonado, pero siempre colorido, porque nunca hay que perder el estilo. Las capuchinas son muralistas también, florecen entre los escombros para pintar los espacios que son tierra de nadie, afirmando que este territorio es de quienes tienen la osadía de habitarlo. Este territorio es de quienes deciden quedarse, a pesar de todo, aunque nadie las invitó a vivir aquí.

Y si bien no falta quien las quiera echar, haciéndolas víctimas de un raleo infructuoso, año a año vuelven a repetirse. Son dignas hijas del Tercer paisaje, llamado así por Clément al territorio residual que ha sido abandonado por el capital, porque ya no ve en él ningún provecho. En el Tercer paisaje no hay decisión humana, lo que ocurre allí es puro acontecimiento. Las capuchinas acontecen donde podría no haber nada, porque no ha quedado nada y, sin embargo, hay algo. Las capuchinas no son nativas, pero eso importa poco si no le hacen daño a nadie, si crecen allí donde no había azulillo, ni añañuca, ni mariposas de campo.

Porque crecen donde sólo había basura y caca de gato, desperdicios que vuelven a hacerse presentes cada vez que termina la temporada, esperando que  un nuevo julio llegue para llenarlo todo otra vez.