Quebra(nta)da: El conflicto inmobiliario de el olivar

¿Cómo puede haber gente dueña de tanto horizonte?

¿Cómo puede haber gente tan enguatada de paisaje?

Me parece obscena esa glotonería de tanto tener.

Pedro Lemebel

Escrito por Tabata Yañez / Fotografías por Fernanda Peñailillo

Fue la primera vez que entró como forastero, aunque hasta hoy mantiene el título de intruso. El ruido a su paso se coló entre la quebrada sin ánimos de respetar ni siquiera el sueño (incluso la siesta, si nos ponemos quisquillosos). Era un viernes de agosto de 2020 -de eso está segura- cuando escuchó decir a su hijo “Mamá hay como sonidos de motosierra ahí, en el bosque». El “Qué raro” como respuesta natural a esa pregunta sería lo último que diría con desconocimiento.

Carmen comenzó habitar la población El Olivar a los cuatro años en una casa muy cerca de la quebrada. A esa edad, y cómo no, el lugar le servía de refugio solo después de haber recorrido el cerro (su verdadero hábitat) junto a su papá, quien era más de andar buscando las moras y hacer volantines. Por eso siempre la llevaba a caminar, por eso nunca perdió el contacto. El vínculo con los espacios prevaleció ante los cambios tan inciertos, a pesar del tiempo.

Esos senderos boscosos -donde corre el río que ella encuentra hermoso- los transitaba con su hijo. Todos los días. Terapias psicológicas en plena cuarentena también tomaron lugar allí, bajo el aromo. La vida sin la libertad de fluir junto a la quebrada jamás le habría hecho sentido. 

La mañana siguiente: el sábado 22, un “algo” dio la alerta. Amigxs cercanxs, asustadxs, dijeron que estaban talando los árboles del cerro. Las vecinas se activaron como quien entra directo a los combos de una pelea limpia que no se buscó. Solo los que han vivido la amenaza inminente entienden cómo el cuerpo sabe, reacciona, al protegerse. 

El Whatsapp funcionó como aliado para llevar a cabo la misión que permite cualquier aparato a la mano: si pasa algo, graben. 

Así empezó. Nadie sabía. Tal vez antes se rumoreó algo pero Carmen escuchó que se había cancelado. Jamás imaginaron que se atreverían a talar en cuarentena. Todxs con un nudo en la garganta vieron caer, tronco por tronco, los árboles.

Bienvenidos a "Alto Horizonte"

Dividir al monstruo solo se puede -por ahora- en palabras, nombrando a quienes lo componen: Municipalidad de Viña del Mar, el Servicio de Vivienda y Urbanismo (SERVIU), la Dirección General de Aguas (DGA), la Corporación Nacional Forestal (CONAF), el Ministerio de Vivienda, la Seremi de Transportes, la constructora Beltec Limitada y la inmobiliaria Aginva. 

Lo que se dice formalmente es que “el proyecto inmobiliario Alto Horizonte es de SERVIU, contempla la construcción de 19 edificios destinados para viviendas sociales a 372 familias de sectores vulnerables en el sector norte de El Olivar, Viña del Mar. Bordea el Camino Internacional, instalándose en un sitio con alto valor ecológico”. 

El proyecto comenzó a operar sin Resolución de Calificación Ambiental Favorable (RCA), talando vegetación sin autorización. No tiene estudio de impacto ambiental ni vial. Se ven afectados bosques nativos y esclerófilos como el Belloto del Norte, Peumos, Boldos y Quillay. En el plan de manejo de CONAF se omitió la existencia de dichos bellotos y del río Olivar, principal afluente que desemboca en Jardín Botánico. 

En el lugar donde se instalaría el proyecto inmobiliario, coexisten importantes puntos de aguas subterráneas que abastecen a todo el bosque nativo, y que ahora se convierten en zonas de riesgo. Es por esto que la comunidad se ha manifestado en contra, interponiendo un recurso de protección y de invalidación ante el plan de manejo en tribunales ambientales.

 “En el lugar donde se instalaría el proyecto inmobiliario, coexisten importantes puntos de aguas subterráneas que abastecen a todo el bosque nativo, y que ahora se convierten en zonas de riesgo».

Marta vive en el Olivar hace unos seis años más o menos. Firme en sus argumentos, reclama que debieron avisar antes. Denuncia que no recibieron carta o advertencia alguna y que ese mismo sábado -después del impacto- mandaron un papel barato anunciando la evidente deforestación.  

La angustia creció a la par de la tala cuando la retroexcavadora apareció el lunes. Sin saber qué hacer, diez vecinxs atinaron a ponerse delante de las máquinas. Y en una hilera de cuerpas cansadas, heridas, conformaron un escudo humano. Su única arma de defensa fue poner el pecho aún con el corazón roto, aún con la vista helada. Y se recordaron amantes de la quebrada jugando en la cancha vieja siendo niñxs. 

El de la máquina nada pudo hacer cuando lxs pobladorxs exigieron los permisos. Lxs mayores trataron de calmar el miedo que poco se contiene a pesar de los años. Y los empresarios dijeron: “La máquina va a estar hasta aquí, no hará nada más. Entrará, cortará la maleza y ya”. 

“Nosotrxs les creímos”, se lamentan ahora Carmen y Marta.

En cuanto les abrieron el paso, nunca más salieron, nunca más pararon.

OLIVAR ECORGANIZADO

Olivar Ecorganizado sin el “El” -acotan ambas-, porque hace justa razón con quienes componen la agrupación, en su mayoría mujeres jóvenes. Comenzaron a moverse buscando otras organizaciones que también surgieron a partir del daño. Sus primeros pasos fueron desde buscar ayuda hasta convertirse en fiscalizadoras de su propio agresor. 

Y resistiendo en la urgencia, es que el montaje no demoró en aparecer.

Si lo idearon en el momento en que la colectiva justo hablaba con los medios para mostrar el conflicto, no se sabe. De lo que no cabe duda es en la coincidencia de los hechos. La misma semana, Carmen se encontró con la retro excavadora quemada y en unos segundos, frente a ella, el arribo urgente del conglomerado típico de prensa. Más tarde se vieron en la pantalla, pero no eran ellas realmente. “Nos trataron de terroristas y discriminadores, que no permitíamos cumplir el sueño de la casa propia a las personas de los campamentos”, cuenta.

Aquella tarde, al otro lado de la quebrada, gritaron con rabia a los periodistas. “Empezó la disputa de que eran casas sociales. Nosotras decimos por supuesto, entendemos el problema que hay con las viviendas. Esa no es la crítica, sino DÓNDE llevan a la gente que ya vive en vulneración socioeconómica”, explican Marta y Carmen.

La audacia del intruso se desparrama insolente, es poco pulcro todo su actuar. No camina, corre brusco y chueco, empuja. ¿Dónde guarda la sensibilidad? se pregunta la gente. Por lo menos un mínimo de respeto, un saludo al llegar. Pero cómo, si hasta limpia sus manos con los restos sucios del cemento fresco, que impide apenas el escape urgente del agua subterránea. A chorros grita de dolor la tierra. La cerca con mallas y alambres de púas para impedir, incluso, la mirada curiosa.

Convirtió hasta el último grano de tierra fértil en consumo: el producto a explotar. Lxs vecinxs no han podido frenarlo, porque “¡nunca nada es verdad! Nos hemos dado cuenta de que en todos los territorios donde hay una construcción todo es ILEGAL. Es tan así, que ellos mismos contemplan en sus licitaciones pagar una multa”, insiste Carmen. 

A la colectiva un día le resonó en la cuerpa la idea de organización/territorio. Levantando actividades como jornadas de limpieza los fines de semana -en el mismo humedal de la quebrada- afianzaron lazos con el resto de vecinxs. Y así como las raíces de los árboles que les acogían, se reconocieron con su espacio encariñándose todavía más.

Eso sí, hacer frente a dos disputas no ha sido fácil. “El agruparnos y apañarnos era necesario, estábamos viendo todo el día cómo devastaban el cerro. Te levantabas con el ruido de las máquinas. El dolor profundo, la pena diaria. Caí, estaba en terapia. Estuve muy mal por un periodo largo, negro. Pero no abandonamos”, termina orgullosa Carmen.

Lo más lindo que recuerdan fue un ritual debajo del aromo. Cantaron, lloraron, compartieron sus historias con la quebrada. Se atrevieron hasta con el senderismo, recorriendo toda la cuerpa. “Lo vemos como un cuerpo, uno solo, y le están cortando una parte”.

Así fueron encapsulando de saberes el círculo que parcha la herida fresca. Y crece con paciencia bajo resistencia. “Todas tenemos vidas por fuera, somos una grupa con hijxs. La mayoría tiene mascotas. Partimos con nuestros animales. Vamos con perros, lxs niñxs, a todas las reuniones. Toda la tribu, una manada de amor”, cuenta Carmen. 

Hoy llevan siete meses en esta pelea tramposa. Un 80% del terreno ya no existe, calculan. Las primeras dos semanas fue cuando más arrasaron. Lo poco que han transparentado las empresas es gracias a ellas, que lograron hacer las denuncias. Sin embargo, las autoridades responden lento, violentamente, teniendo CONAF la facultad de paralizar faenas.

Podría decirse que no lo hacen porque no saben qué se siente. Les gana la frialdad, el amiguismo político con intereses, opina la grupa. Todas saben lo que no se dice: la tala del cerro es como la violación a una mujer. Así como le pasa a la compañera, le ocurre a la quebrada, el juez tampoco hace mucho, por no decir que nada. A pesar de todo, siguen intentándolo aun con el dolor a la vuelta de la esquina y la impactante puesta en escena que ahora se posa en sus ventanas. De pronto la vista cambió por completo. 

*Los nombres de las pobladoras fueron cambiados para proteger su identidad*