Escuchar música cuando éramos niñas

Texto por Tania López, Paula Castillo y Cinthia Paredes

Fotografías por Francisca González Candia

Invitadas por Erráticas, nos propusimos el ejercicio de ir a por nuestras raíces, para ver cuándo surge todo. De esta manera, repasamos nuestras vidas volviendo a los sonidos de antaño y esos primeros gustos musicales. 

Si bien esta invitación surgió con la finalidad de relevar los propósitos y el camino de Niña Provincia, lo cierto es que las motivaciones y en definitiva, la convergencia de nuestro medio se trama desde las historias personales de quienes integramos la equipa.

Es por ello que le dimos una vuelta y fuimos, en primera persona, a por lo que somos, escarbando en esos primeros acercamientos musicales, y que hoy, cimientan sólidas raíces de lo que hacemos y representamos en todo nuestro espectro. Un ejercicio retrospectivo y sincero para entender desde dónde nos situamos para construir este trabajo colaborativo.

¿Qué es ese escalofrío?

Por Tania López, directora de NP

La vida nómade de mis padres me llevó a transitar por diversos rincones. La Serena, Romeral, Quillota, la vuelta al Elqui, el Puerto, Marga Marga y quién sabe cuántos más. Así, el aferrarme a cada atardecer, en la eterna periferia y desde la quietud, me llevó a asociar cada recuerdo a la música.

Comprender cada lugar desde el infinito tránsito –a pié, desde el uso del interurbano o el metro–, siempre al borde del verde y los fríos bloques de cemento, me invitaron al ejercicio ensimismado de la escucha, sola, entre el personal stereo, el discman o los primeros mp3 de baja capacidad. 

El primero, obsequio de mi familia, me llevó a escuchar mis primeros cassettes. No tuve muchos. En realidad, prácticamente ninguno. Todos eran del Ilde, mi papá, que marcaba cada uno de ellos a punta de plumón negro, dejando en claro que eran de su propiedad. Los Prisioneros, Congreso, Los Tres, Los Ángeles Negros, fueron los primeros referentes –sí, masculinos todos– con los que me enganché, no había mucho más tampoco, entre los originales y conciertos grabados en vivo desde la radio, en la casa de una niña que vivía en el campo. Y es que la eterna reproducción, de principio a fin, me llevó a aprenderme cada canción de memoria, mirando el techo, en la bici, o en la parte de atrás del auto, en el camino entre La Calera, Hijuelas y Romeral, a ladera de cerro. 

Así, al poco andar, el Ilde sumó mi nombre en sus discos. El primero, el Unplugged de La Ley (2001). Dijo que era de los dos, quizás como excusa para quitar la culpa a los autoregalos, pero, a esta altura, qué importa. Escuchar en loop “El Duelo”, junto a la voz de Ely Guerra, hace 20 años, debe ser el primer impacto de escalofríos/hormigueo que sentí al escuchar música. 

Oír y palpar lo fuerte, profundo y, a la vez, sublime de la voz de una mujer, entremedio de una banda de rock del momento –entre cuerdas y batería in crescendo–, en esos más de 5 minutos, claramente te invitaban a ser ella. De ahí en adelante, comenzó el proceso de encausar mis gustos, y empezar a marcar, a punta de plumón negro, cuál sería mi música.

Influenciada por un monstruo

Por Paula Castillo, editora de NP

Invierno del 2000. Camino a La Calera, después de esperar un bus que no llegó a Plaza Parroquia, la radio del colectivo sintonizaba una canción con esa “Luna de Miel” que sonaba más ácida que dulce. En el asiento trasero, en medio de mis papás, él toma la palabra para contar la historia de Federico Moura, líder de Virus.

Plaza Parroquia, paradero de buses Vía Aeropuerto, se transforma en la entrada del Festival de Viña durante el verano. Y yo quería ir ese año, porque venía A*Teens con su vibra de ABBA. Al año siguiente, le insistí a mi mamá, quien jamás tuvo interés en algún concierto, pero accedió. Y aunque las entradas estaban agotadas para la noche de Natalia Oreiro, compró para ver a Miguel Bosé y Ana Torroja.

Esa fue mi primera experiencia con la música en vivo. Y lo cambió todo.

Nadie en mi casa me enseñó a escuchar música. Pero por mí misma, escuché con insistencia los cassettes de Girados (2000) –de Bosé y Torroja–, y grabé los éxitos de Mecano desde la radio. Supe de Violeta Parra en básica con su “Casamiento de Negros” y bailé folclor, además del “No” de Shakira e “Iris” de Goo Goo Dolls, en mi grupo de danza. Ir a la Quinta Vergara se transformó en ritual: Allí vi a Los Jaivas con el Gato Alquinta, a Camilo Sesto y a Sting. En paralelo, salté de Madonna y Robbie Williams a Nickelback, Backstreet Boys, Jonas Brothers y High School Musical.

No conocía de prejuicios. Pero en la adolescencia, era ley escuchar “buena” música, encajar con alguna tribu urbana y en el mejor de los casos, tocar un instrumento. No cumplí con nada de eso. Pero díganme, ¿Qué son los placeres culpables? Porque lo que te gusta, te gusta no más. Y ante el panorama de esos años, incluso con lo impuesto por la industria, aprendí a reconocer sonoridades y con el tiempo, a apreciar lo popular y lo subterráneo; lo internacional, lo nacional y lo local. Porque siempre quise explorar, intercambiar e ir un poco más allá con la música. Para transformarla en parte de mi profesión y del mundo que me rodea.

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Sensaciones infinitas

Por Cinthia Paredes, productora de NP

Mi relación con la música surge desde el cotidiano. Mi padres son muy buenos para escuchar música, en realidad, como todos en mi familia: siempre de distintas épocas y estilos; muy variado. Las infaltables románticas y propias de la radio, canciones disco y funk de mi mamá, los sonidos del rock y boleros de mi papá, el new wave y rock latino de mi tía y tío, y los clásicos Jaivas, Sol y Lluvia, Lucho Barrios y Los Viking’s 5 en el almuerzo familiar. Todo ello, sin contar las cumbias de los 90, cortesía del barrio, sonando a todo volumen con Yerba Brava y Amar Azul.

Así comencé a disfrutar de la música, lejos de un estilo determinado, junto a los cassettes, cd’s pirata y las colecciones de Las Últimas Noticias, que fueron parte de esa exploración. Cada tanto, con una amiga, nos pegábamos con Descanso dominical (1988), de Mecano, que era de un primo de ella. Nos sabíamos todas las canciones. Es que en ese tiempo ni siquiera entendíamos muy bien de qué trataba cada letra, pero vibramos con cada una. Con una de mis primas nos rayamos con el Más (1997), de Sanz; el Pateando Piedras (1986) de Los Prisioneros, y el Signos (1986), de Soda.

Con ese listado inicial, mi favorito se convirtió en el Alturas de Macchu Picchu (1981). El 99’ mi tía Vilma -ella muy fan- me llevó a verlos al estadio de La Calera. No recuerdo en qué contexto, pero aún estaba el Gato Alquinta. Lo que sí no olvido, fue lo que sentí: un momento de conexión y euforia, de esa primera vez que los veía en vivo. Creo que fue mi primer concierto -o al menos así lo recuerdo-. Fue lo máximo. Ver cómo saltaban y cantaban en la galería, fue lo que potenció esas ganas de seguir escuchando cosas nuevas.

De ahí en adelante, siempre he tenido la suerte de vincularme con personas que les gusta la música, tanto como a mí. Compartir, explorar y hablar permanentemente con amigues. Contarnos qué descubrieron o saber con qué andamos pegados. Bueno para algunes o malos para otres, pero para mí, el único sensor válido es disfrutar y ver qué es lo que me provoca. Si puedo sentir y conectar, ya todo está bien.