¡El diablo es magnífico!

Texto por Karo Torres / Ilustración por Salva Salvaje 

“Vamos a declarar nuestra resistencia a nuevas dictaduras, a sus falsas promesas
a idealismos falsos”. [Los miserables/1991]

La época de los 90s llega a mi memoria en color tierra, como la que cubría los restos humanos encontrados en la localidad de Pisagua, el 2 de junio de 1990, algunos casi intactos y con la mueca de dolor perpetuada en el rostro. Por ese entonces, el diario “La Época” titulaba: “Fusilados conservaban cartas entre sus ropas”, mientras que “El Fortín Mapocho”: “Cadáveres acusan al general Pinochet”. Tres meses antes, con la llegada de la transición, Patricio Aylwin comenzaba a dar paso a una serie de acciones que perdurarían con esa fragilidad simbólica que no repara el daño, eliminando la estrofa del himno nacional que alaba a los asesinos del pueblo: “Vuestros nombres, valientes soldados”. 

Con esa entonación omitida, que desfila en el memorial inerte de una transición discursiva, el espectáculo de los 90s se volvió al consumo desesperado y al progreso. A una idea extractivista y deshumanizada, a una masa pasiva proveniente del trauma que descansó en los programas de TV, y que se permitió fantasear con una “verdad y reconciliación”. Si la economía iba en ascenso, nada más parecía importar. Son los años de las reales apariencias guardadas. Así la resistencia dejó de ser memoria y la victimización pasó a ser parte del paisaje. 

En 1990, tenía cinco años. Me reconozco en algunas fotografías como una niña alegre y despreocupada. Y mientras las imágenes color tierra brotaron incesantes a lo largo del calendario, guardando efemérides y anotaciones para una memoria entristecida, yo posaba bajo la puerta de mi casa, ignorante de la dictadura y sus repercusiones. Ignorante de sus efectos y de las generaciones crecidas bajo su sombra, silencio y miedo. Ignorante de las canciones de lucha, entonadas por las calles de una ciudad que los 90s apabulló. Yo cantaba “Xu, xu, xu, xa, xa,xa”.

Por ese entonces, la multitud preocupada de las superficialidades de la nueva realidad nacional, se informaba con interés sobre la cantante brasilera, Xuxa. Famosa por ser el prototipo de belleza impuesto y tener nombre de garabato local. Me encantaba, la recuerdo brillante con sus llamativas hombreras y saltos. Vestía una especie de uniforme y nos cantaba que había inventado una “danza nueva que te puede hacer electrizar”, junto a su grupo de baile (y también seguidoras), apodadas “Las paquitas”.

«Famosa por ser el prototipo de belleza impuesto y tener nombre de garabato local. Me encantaba, la recuerdo brillante con sus llamativas hombreras y saltos».

Fue en un programa radial de Antofagasta, donde comenzó el rumor sobre sus pactos con el diablo, expandiéndose la noticia por otras partes de Latinoamérica. Gracias al locutor Félix Acori Gómez, posterior concejal por Renovación Nacional, nos enteramos de que al sacar toda la cinta magnética del cassette homónimo de Xuxa, y volver a enrollarlo al revés, es posible escuchar “El diablo es magnífico” (me pregunto sobre el nivel de aburrimiento de aquel entonces). La prensa hizo eco desmesurado y se volvió tema con repercusiones internacionales. “Fue una secuencia fonética que llegó a mis manos y, como buen locutor, la di a conocer”, comentaba Acori orgulloso de su hallazgo 20 años después, mientras sonreía a la cámara del diario El Mercurio de Antofagasta.

Recuerdo las imágenes televisadas de Xuxa en conciertos, mientras la voz en off narraba que era capaz de controlar a lxs niñxs solo con la mirada. Bien atrás quedaban las estatuas color tierra, que una y otra vez, sofocaban el ambiente con los ojos vendados. 

Muchas personas quemaron los discos de Xuxa por considerarla música del diablo, y otras, buscaban incesantes restos de verdad. Con ese miedo constante de la masa despavorida y destinada al consumo imparable; con “el diablo es magnífico” como banda sonora; Impunidad, cadáveres desaparecidos y miedo al olvido se instalaron los noventa.

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