A los ritmos de Rucitama

Atreverse a perfilar a quien no gusta de definiciones parece un riesgo digno de aceptar, sobre todo si se trata de alguien con mucho que decir/cantar/tatuar y que le pone nombre, incluso a través de su corporalidad, a tantas cosas.

Texto por Tabata Yañez Morales / Fotografías por Nerea, Paula y Koraje

Se lee primero una “E”, mayúscula. Siguen dos “L”, termina otra “E”. Están escritas a pulso de derecha a izquierda sobre su frente. Brilla. La palabra completa anuncia más que un pronombre. “El lenguaje crea realidad”, así que haremos el ejercicio de cambiar la x por la e, para ir acostumbrándonos.

Resalta. Su temple es liviano y seguro. Habla despacio, su expresión enardece cuando las emociones de un recuerdo surgen, con cariño, de su boca. Se nota un compás en cada oración. Se le ve transparente, de vibra seductora. Mirada risueña. Pronuncia lúcidamente cada idea siendo todavía más hábil para formular el cuerpo de un discurso que aún no concluye. Sagaz. 

Rucitama (1988) de Concepción. La música y los tatuajes son los oficios que cultiva, dice. A la primera llegó un poco por accidente. En realidad, al ejercicio de esta misma. Porque como lenguaje llegó muy temprano, tanto que le costaría nombrar un momento específico. Eso sí, desde un inicio la música ha estado en su casa en casettes pirateados que guardaba su padre. Uno de ellos -su primer contacto-, Violeta Parra. Ahí aprendió que el lenguaje era utilizado por la gente para contar cosas: sacarse las penas, por ejemplo.

Ahora explica -moviéndose delicada y tiernamente a la vez- que la valoró porque fue una artista muy importante. Sentó las bases de lo que tenía que ver con la clase, la expresión musical, visual y escrita. Quería ser como ella. Le interesaba comunicar, despojar en canciones lo de su mente. Quería mucho hacerlo todo, pues ella había sido capaz de hacerlo aun teniendo nada.

Como quien empieza a fumar por copiar, Rucitama empezó a tocar guitarra imitando a su madre, se la regalaron cuando todavía le acogía en su vientre. Su instrumento nativo, le llama entonces. Comenzó a componer canciones mientras decidió además ponerle oído a su entorno. Así se nutrió desde la infancia.

—Lulú Jam, como cosas de la escena gay-pop chilena, bizarre, muy under. En ese tiempo, Ignacio Redard, La Prohibida, poco después salió Javiera Mena. Era mucha gente con una impronta muy independiente. Empecé a tratar de trabajar con herramientas digitales para hacer mi música. Me resultó demasiado difícil y seguí trabajando con los medios análogos que conocía. 

 “Como quien empieza a fumar por copiar, Rucitama empezó a tocar guitarra imitando a su madre, se la regalaron cuando todavía le acogía en su vientre. Su instrumento nativo, le llama entonces”.

Migró el 2014 a Valparaíso, lo alcanzó a habitar por unos meses. Después se asentó en Santiago, dio la vuelta a Conce pero volvió, de nuevo, al Puerto. En esas idas y venidas, como la mayoría de las cosas que hacemos las personas pobres (advierte), fueron las circunstancias de la vida las culpables de hacer que parara aquí. Y como tantes otres, se fascinó perdiéndose entre las escaleras. Subiendo y bajando cerros por las noches vistiendo un short. Allí a la gente no le importa nada, dice con nostalgia ahora en Concepción.

¿Qué le entrega Valparaíso a tu música?

—Es que no es una ciudad que tenga un ritmo. Podría decir, por ejemplo, que Santiago es un miércoles al medio día, que Concepción es un domingo en la tarde. La ciudad se mueve a un ritmo específico y tiene esa carga que yo le doy a los lugares de la semana. ¿Pero a Valparaíso? Yo no sabría dónde acomodarla, tiene demasiados ritmos, ocurren tantas cosas al mismo tiempo en un espacio muy pequeño. Y eso yo lo encuentro fascinante.

¿A dónde se acopla en el Puerto? No sabe. Lo que sí puede responder es que entiende lo fácil que es perderse o enloquecer en él. 

—Esa hueá de que esté por allá, por acá, por otro lado. De que está encima del mar, pero al mismo tiempo no tiene playa, cachai. Eso me vuela la cabeza. Hay una canción donde puse una frase “Soy ciudad sobre el mar, pero no tengo acceso a la arena”. Siento que resume mucho ese habitar. Estar en la playa, ser ella. Mis amigues que hacen música en Valparaíso, hacen muy distinta. Por un lado Last Túneless, que no sabría qué género asignarle. Esto sin querer faltarle el respeto de ninguna manera. No sé, industrial goth-electronic-acustic. Tengo dramas con el género, sabemos. También está María híbrida, que hace como un sonido diáfano, prístino, que te acaricia cuando canta.

—¿Se podría decir que tú en Valparaíso tienes otro ritmo, tu propio ritmo?

—Yo tengo muchos ritmos y los voy sacando en cualquier lado, los voy agarrando, los voy sujetando, recogiendo, recopilando. Y me pasaba que allí me resultaba fácil agarrar algunos, aparte que sonoramente la ciudad tiene un impacto.

En un departamento de la calle Brasil -recuerda- con vista al mar, solía abrir la ventana para escuchar las sirenas de los barcos. 

—Hasta el territorio, que es maritorio (palabra aprendida de una cola que pertenecía a una familia de pescadores), tiene su propio ritmo particular. Grace Jones o Katy Perry, no sé bien, decía que somos esclaves innegables del ritmo. 

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