LA Calle

Escrito e ilustrado por Ana Carrillo Tureo / @anisestrellada

El arte explotó de una nueva manera junto a la revuelta y se tomó la calle adoptando cualidades de un renacer, de esa transformación que solo se da después de la muerte, así como la carta del arcano sin nombre en el tarot.

En un par de días, los medios de comunicación perdieron el poco peso que aún conservaban para un porcentaje de la población (aunque para muchos otros dejaron de ser confiables durante la dictadura). Y es que luego de mentir una vez, el ejercicio se vuelve permanente. Después de esto la manera de informarse mutó y toda esa creencia y fe impalpable se concentró en la calle, en las paredes, en los cantos, en lo que personas comunes tenían que decir: y todes esperamos expectantes su discurso.

Sin embargo, tal como una vez me señaló una amiga llamada Gabi, los procesos son contradictorios, y como yo he deseado matizarlo: los procesos se viven a contrapunto. ¿Qué es lo que he escuchado estos últimos años en las calles, en mi experiencia, en Valparaíso e Illapel? Leyes, Empoderamiento, Dictar, Justicia, Pedir, Exigir, Demandar al Estado por la reparación y cumplimiento del sistema jurídico en nuestras violencias históricas. Es aquí mi ciela donde a mí no me huele a vivirse salvaje, más bien me huele a vivirse normal, a re actualizar, a re formar (como dirían las duras), y si algo me he captado escuchando a estas señoras feministas del Abya Yala, es que ese feminismo institucional, burocrático y re actualizante de la colonización patriarcal… ya no es LA RESPUESTA.

Y es que la normalidad, a todas, todos y todes nos ha jugado en contra, hemos sabido poner en rienda muy bien LA RESPUESTA, porque hay que hacerlo desde LA FORMA, siguiendo EL MÉTODO. Pero bebé, como nos dijeron los feminismos negros: no quiero que sea MI respuesta, ni mi Forma, ni Mi método, porque cuando eso significa representar, hablar de mayorías y minorías, de quién tiene más violencias y quién tiene menos violencias, de quién se porta mejor y quien se porta peor.. ya no me hace sentido.

La forma desinteresada en que estas expresiones y conocimientos se masificaron a través del arte en la calle, son una consigna que debemos llevar a todos los aspectos de nuestra vida personal y social. Esa manera empática de saber y de querer que el otre también sepa, ofrendando de esta manera el tiempo como objeto intangible. Esa generosidad colectiva nos terminó devolviendo la valentía perdida en la calle, el caminar mirando siempre de reojo se aquietó y nos volvimos parte de una postal, entre cemento y rojo pasión.

Ser consciente de la responsabilidad que se tiene como mujer artista es un acto de amor, un acto completamente no planeado, pero innatamente aceptado. Viene desde adentro, indescriptible, imposible de verbalizar: solo ES, así de sencillo. Entonces surge una motivación que es como un fuego, que te va moviendo y uniendo, hasta formar entre todas una gran hoguera de conocimiento que se va plasmando en los muros que quedan. El fundamento de lo que se crea pasó de lo íntimo a lo colectivo, de expresar lo que nos pasa como sentimiento a lo que necesitamos saber como sociedad, que está en medio de esta tormenta que a ratos pareciera que solo afecta a les más débiles; por eso la calle se torna tan importante, porque es la única realidad en la que creemos cuando ya no nos queda nada más en qué confiar.

La vida y experiencia que poseemos como mujeres nos hace sentir y saber de una manera inefable, el barro finalmente deja brotar el loto que nadie creía posible. La revuelta fue el desenlace de infinitas acumulaciones del alma y del cuerpo, lo que incitó a que la rabia y el amor se cohesionaran para apoderamos de lo que nos arrebataron (de eso que algunas ni siquiera lograron tener por primera vez). Somos la llama que mantiene la hoguera mágica encendida, somos lo que quisieron mantener cautivo, contenido entre brazos con púas y gritos insultantes, somos la fogata en medio del bosque que trataron de ahogar con un par de patadas, pero que terminó quemándolo todo.

La artista entregó y el arte integró, no ha sido una cuestión de quién es quién, de quién hace más, de quién es mejor que el otre, NO. ¿Acaso no es eso lo hermoso?, ¿acaso no es esa la emoción que nos hace regocijarnos y seguir creyendo en un futuro más justo?, ¿acaso no es la calle el nuevo museo que cambia a diario y que no discrimina? Siempre estuvimos tan acostumbrades a que hay ciertas cosas destinadas a ciertas personas, pero ¿por qué? La calle nos ha demostrado a punta de fuego que la empatía es la base de nuestra evolución, de nuestra única forma de sobrevivencia.

La calle es lo que queda en medio de la destrucción, esta galería itinerante que arde y que aviva la llama dentro de une. 

Chile murió, y ojalá siga siempre así.