EN CASA CON MARGARET RANDALL -ENTREVISTA DE DOUGLAS COLE

Traducción por Carmen Avendaño / @edicionesmoneda

[Margaret Randall ha publicado un centenar de títulos, varios en sellos independientes de Colombia, México, Perú, Argentina, Ecuador, Uruguay y, con Ediciones Moneda de Viña del Mar, por primera vez en Chile].

Margaret Randall es una poeta, activista, feminista, fotógrafa, historiadora oral y profesora. Al indagar más sobre su trabajo y su vida, le dije: “¡Parece que usted ha vivido diez vidas!”.

Desde el explosivo apogeo artístico neoyorkino a fines de los 50, cuando estaba hombro con hombro con luminarias tales como el poeta beat Allen Ginsberg, la artista y crítica Elaine de Kooning y autores prominentes de la época como Norman Mailer y muchos otros, a la ola artística tumultuosa y energética en la Ciudad de México en los 60, Cuba durante sus años dorados revolucionarios en los 70, y Nicaragua durante su renacimiento volátil a inicios de los 80, Margaret Randall ha sido testigo de algunos de los eventos y etapas políticas mundiales más profundas.

Como poeta de una rica inteligencia, sensibilidad y atención, posee un lugar honrado y merecido entre los poetas testimoniales del mundo.

¿Cómo fue su experiencia de lectura temprana? ¿Qué escritores/obras la engancharon primero y le dieron un interés en el lenguaje y en la escritura como arte y ocupación?

Tuve dificultades para aprender a leer. No sé si lo enseñaban mal donde yo estudiaba o cuál sería el problema. El hecho es que al terminar el primer grado todo el mundo en la clase aprendió salvo yo. Mi profesor le dijo a mis padres que debía lograrlo en el verano o me quedaría atrás. Mi padre, quien  era infinitamente amoroso y paciente, se encargó de enseñarme. No puedo recordar el nombre del libro que usó pero aún lo veo: la tapa rojo oscuro con letras negras. Lento y seguro, aprendí a leer ese verano. Y nunca miré atrás. Tan pronto pude dar el salto mágico de no saber a saber, leí vorazmente. Recuerdo hojear los libros en la estantería de mis padres. Ahora me parece que tenían la típica biblioteca de su clase y cultura: muchos libros de arte, libros sobre distintos lugares en el mundo, títulos de la colección Book of the Month Club. Un libro llamado Kaput me intrigó porque su primer capítulo describía una horrenda escena de tortura.

Recuerdo buscar esa escena, leer unas líneas y mirar una horrible imagen, luego cerrar el libro de golpe solo para volver unos días más tarde. Creo que hallé I married adventure de Osa Johnson en la estantería de mis padres. Ese podría ser el primer libro que leí de principio a fin. Tendría 8 años. Martin Johnson era un aventurero colonialista que viajaba a Borneo para pasar tiempo con los “nativos”.

Su esposa, Osa, hacía la crónica de sus experiencias. Comencé a pensar en volverme escritora. Hice copias a mano de un “diario” de cuatro páginas para el que escribí todos los artículos y lo distribuí en mi vecindario. Unos años
más tarde leí Daughter of Earth de Agnes Smedley. Y lo leí periódicamente por muchos años después. Mi lectura temprana eran aventuras -incorporando gradualmente más y mejor política. Me atraían la historia y la filosofía. Odiaba la poesía porque, nuevamente, se enseñaba tan mal en las escuelas a las que fui.

«Mi lectura temprana eran aventuras -incorporando gradualmente más y mejor política. Me atraían la historia y la filosofía».

¿Cuáles, entonces, han sido sus influencias poéticas? ¿Por qué poesía, para usted?

Desde el momento en que escuché un poema con el cual me identifiqué, leído en voz alta, supe que mi futuro estaba en la poesía. Andaba en los veinte y el poema era el Aullido de Allen Ginsberg. No dejé de escribir prosa, pero me sentí atraída a la poesía en una forma nueva, personal. Antes de esto, me habían enseñado a memorizar a Poe y Hawthorne en la escuela, maestros que no tenían idea de cómo vincular la poesía a las vidas de los estudiantes.

Las influencias de Estados Unidos tempranas fueron Walt Whitman y William Carlos Williams. Los poetas beat, Deep Image y Black Mountain fueron importantes para mí luego de moverme a Nueva York a fines de los 50. Cuando fui a América Latina y descubrí a César Vallejo, su trabajo tuvo una profunda influencia en el mío. Todavía la tiene.

Vallejo me enseñó que los poetas pueden literalmente cambiar la lengua, hacerla más relevante para lo que cada generación necesita decir. Cuando volví a Estados Unidos en 1984, descubrí algunas grandes poetas mujeres: Adrienne Rich, Audre Lorde, June Jordan, Sonia Sanchez, Joy Harjo, Minnie Bruce Pratt y otras. Ellas completaron el círculo de influencia porque lo pusieron más en línea con quien soy.

Qué le ha dado a usted vivir fuera de los Estados Unidos?

Mis padres nos llevaron a viajes de verano impresionantes desde que era una adolescente. Esos viajes, aunque limitados al tipo de viaje liberal propio de la clase y cultura de mis padres, me abrieron el mundo. Solo ver otros lugares, ver y oír otra gente, tener a veces contacto con otras culturas a pesar del hecho de que esos contactos no fueran más profundos que los que disfruta el turista promedio. Creo que esos viajes tempranos borraron el miedo a lo desconocido que mucha gente padece y me hicieron sentir que siempre podría agarrar y partir, y seguí viajando ya de joven. Todo eso facilitó mi residencia fuera de los EE.UU., a una edad bastante temprana.

Tenía 18 cuando mi primer esposo y yo anduvimos por España en una motoneta, nos quedamos sin dinero y vivimos allá por un año y medio. Tenía 25 cuando me trasladé a México con mi hijo de 10 meses en 1961. Y solo seguí moviéndome. Viví en México, Cuba y Nicaragua lo suficiente para involucrarme por completo con lo que estaba sucediendo en esos países mientras estaba ahí. Definitivamente creo que esas experiencias me dieron un distinto tipo de perspectiva política: más amplia y profunda.

Pero también me abrieron culturalmente a cómo vive otra gente en el mundo, y por qué.

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