La leyenda del espíritu de la revuelta

Texto por Aylin Zúñiga / Ilustración por Rubi Troppa

Me hace sentido creer que todo lo que existe tiene un espíritu, incluso los momentos. De ser así, pensaría que el espíritu de la revuelta se mantiene vivo refugiándose en los corazones de quienes nos unimos en torno al deseo de incendiar la patria para hacerle justicia a la historia de nuestro territorio y su gente. 

Relataré en esta columna un sueño que tuve un par de semanas antes de que comenzara el estallido social. Despertó curiosidad en mí, porque luego de un tiempo me di cuenta de que había una semejanza entre sus símbolos y lo que fue aconteciendo durante ese tiempo. Quise compartirlo, pues creo que trasciende mi vivencia como soñante como si hubiese ocurrido para ser contado. Dividí el sueño en fragmentos, y en cada uno de ellos intentaré describir la correspondencia que observo entre los símbolos que aparecen en él y la temporalidad de las situaciones acontecidas desde donde yo las viví. 

Le doy poder a lo que transmite este sueño porque creo que así como hay lugares en las profundidades del mar que son inaccesibles a la intervención humana, también hay en nosotres espacios que a pesar de siglos de adoctrinamiento, se mantienen incorruptibles. El espacio donde ocurren los sueños es un punto de fuga a las lógicas conocidas, y un puente hacia los misterios de la vida. Ahí reside nuestra sabiduría más remota. 

El sueño comienza así:

A lo lejos escucho una voz melodiosa. “Es una canción andina”, señala alguien. La música viene de las montañas, están vivas y tienen el rostro de un abuelo. Su canción narra la leyenda de un pueblo.

¿Quién sino las montañas podrían contar mejor la historia de esta tierra y su gente? Guardianas de este planeta y consideradas desde tiempos antiguos como sagradas, toman también un rol protagónico en nuestras vidas. Algo urgente las llevó en el sueño a salir de su posición estoica para manifestarse en sus cualidades divinas. Su canción fue como un llamado, señalando que una gran sacudida estaba a punto de ocurrirnos. Algo tan revelador, que como en el mito del ”juicio final”, requiere de la aparición de lxs dioses para ser anunciado. Tal vez fue un presagio del gran “despertar” de Chile, en un llamado de lxs antiguxs a salir del letargo sin rumbo en el que nos encontrábamos, dando paso al nacimiento de un sentido más auténtico y coherente con las sabidurías ancestrales del lugar en que habitamos.

De pronto, me veo rodeada de hombres decrépitos que intentan tocarme, me siento rabiosa y hastiada. Ahí mismo hay un barril colmado de agua turbia, desde donde emerge una serpiente, grande y oscura. La serpiente muta en una secuencia de movimientos, convirtiéndose primero en la figura de un joven guerrero y luego en la de un joven de esta época. “Anarquista”, señala nuevamente una voz. Yo observo atónita la transición, me siento atraída sexual y espiritualmente por su magia, comprendiendo que es la manifestación de un espíritu. 

¿Acaso lo que nos impulsó a estallar no fue sino el hastío ante el abuso no reconocido?, ¿o ante el dolor de las memorias sangrantes de nuestro ser colectivo? El “estallido”, que surge de forma espontánea se refleja en el alzamiento de la serpiente, símbolo de la fuerza vital primitiva que aparece en la transformación de lo muerto como abono para la vida.

Si la revuelta tuviera un espíritu, estaría sin duda representado por la unión divina de las tres fuerzas mencionadas en esta parte del sueño. Hemos de recordar que mitológicamente la serpiente es quien da origen a la travesía de la humanidad, cuestionando por primera vez la autoridad de dios, y desafiando el status quo del supuesto paraíso. Proveniente del mundo subterráneo, esta aparece para remover tabúes y expresar la voluntad de lxs muertxs y marginadxs. La energía de este animal se fusiona en una triada (símbolo de lo que da forma a lo divino), con la figura del guerrero que encarna la defensa de su territorio, y con la ideología del caos que personifica el joven anarquista.

En un siguiente acto, la fuerza del viento me levanta y hace girar mi cuerpo desnudo en el aire como en una transformación de superheoina, mientras que en uno de mis pies se enreda una serpiente y, en el otro, un cinto negro.

El aire es el elemento asociado al mundo de las ideas y lo verbal, y también a la libertad, el futuro y la trascendencia. Aquí el cuerpo se encuentra de manera fugaz con el viento en un giro transformador.

Los símbolos de esta escena podrían estar aludiendo al nacimiento de lo verbal y su influencia en el cambio de dirección del proceso. Al alzar la voz exigiendo justicia, nos encontramos con la posibilidad de cambiar la narrativa para dignificar nuestra historia, trascendiendo de manera heroica. Junto a esa nueva forma de narrar nuestra historia surge la palabra “Dignidad” como emblema de la lucha, trayendo consigo un nuevo sentido de identidad. Al  hacerse presente la palabra el movimiento deja de ser una fuerza únicamente visceral y espontánea pues lo verbal es la manifestación de la idea, aquella que permite reflexionar para  trazar un horizonte y nombrar lo que se espera del porvenir. 

El cinto negro enroscado en los pies (raiz del cuerpo) podría estar aludiendo a la idea de avanzar sin perder contacto con lo perdido en batalla (lxs muertxs, presxs, mutiladxs), y la serpiente, a continuar transformandose, a no olvidar la potencia de las fuerzas primitivas.

Aterrizo de forma violenta en un espacio abierto, donde se está llevando a cabo un evento, tipo feria de entretenciones. El ambiente me es ajeno, intento orientarme y mientras lo hago llama mi atención, por un lado, la presencia de una gran rueda de la fortuna que gira y, por otro, una mesa larga donde se encuentra mi familia cenando en un solemne reencuentro. 

La sensación de triunfo y trascendencia fue efímera en comparación con el forzoso aterrizaje que aparece en esta escena, comparable a la desilusión ante el insospechado decaimiento de la fuerza del movimiento social. La tierra se hace presente como un elemento que evoca la realidad con toda su aspereza, generando un gran contraste con el idealismo de la escena anterior. 

Por otro lado, la cena familiar sugiere la idea de un grupo humano que se sostiene en la transmisión de una herencia. Para preservar su tradición cada familia ha de tener su propio “acuerdo por la paz”, asumiendo con ello todo tipo de secretos e incongruencias. Lo anterior, junto con el carácter solemne de ese encuentro (y la mesa, como una señal más evidente aún), parecieran ser símbolos de la política y los acuerdos firmados que dan paso a la institucionalización del movimiento. Paralelo a este solemne encuentro, se lleva a cabo con mucha normalidad una feria de entretenciones, es decir, un contexto creado artificialmente para entretener y distraer.

Parece ser que este sueño intenta mostrarnos que el estallido fue el inicio de un camino, y un llamado a redireccionar nuestro flujo colectivo. Aparece como un proceso depurativo necesario para sanar y renovar la identidad. Nos muestra la posibilidad de tomar en nuestras manos la narrativa de estos procesos, con conciencia del lazo espiritual que existe entre nosotrxs y el territorio que habitamos. Espero que los símbolos descritos puedan ser un recordatorio de las fuerzas que están conspirando a nuestro favor —o bien, al servicio de las que estamos—, para que podamos seguir fortaleciendo el vínculo con ellas. Por último, me parece sustancial destacar que el sueño nos presenta claves (la serpiente, con toda la carga simbólica descrita, la memoria y los distractores artificiales), como elementos que no hay que perder de vista en la evolución de este proceso.