Colaboraciones
erraticas

Nostalgia

Texto y fotografía – Karina Prieto

Tu cumpleaños número 31 fue el primero sin ti. Una mañana fría como invierno en plena primavera fue la última vez que respiraste, la última vez que exististe en este mundo. 

Eras una persona reservada, demasiado para mi gusto, pero siempre entendí de dónde venía la desconfianza. No es fácil ser hijo de exiliados, ni menos ser el regalón de los sobrevivientes del MIR. Crecer en un país sin tus raíces no te pareció nunca, ni siquiera querías hablar ese idioma tan difícil que, por su puesto, entendías a la perfección.

Recuerdo ir caminado contigo después de la Universidad, porque no te gustaba tomar micro, ni menos metro. Lo tuyo era caminar y a mí me gustaba acompañarte, me gustaba escucharte.

Me acuerdo del día en el que ibas mostrándome las cámaras de seguridad que había en el camino y dónde había que pararse para que nunca te identificaran. Me acuerdo de tu cumpleaños número 31 donde me aguanté las lágrimas en toda la ceremonia hermosa que montaron tus hermanos frente a tu bicicleta blanca, hasta que me fui y dos cuadras más allá no pude soportarlo más. 

Me acuerdo cuando me enteré. Me había bañado y estaba lista para salir cuando me llegó el mensaje. Te iba a hablar esa semana, pero no lo hice. ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué no lo hice?

Me acuerdo de tu risa que de la nada me invade y me inunda mientras camino por Santiago. Me acuerdo de ti con cada flaco en bici que veo por la calle. Con cada chiste de papá.

Me acuerdo de mi cumpleaños donde nos tocó trabajar y fuimos a los chinos con los jefes. Te comiste tu plato, lo que quedó en el mío y todas las sobras que había en la mesa. 

Me acuerdo de tu cara, de tu barba, de tus ganas de hacer revolución y de tu infinita disposición para ayudar a cualquier persona que estuviera existiendo a tu lado.