INVIERNO

Escrito e ilustrado por Petra Harmat

Junio

El vino se pelea con el pisco por el primer lugar de las bebidas alcohólicas patrimoniales. Considero que, en realidad, todos los chilenos tenemos un poco de ambos, derivados de la misma planta: la uva. La fermentación, la acidez, la intensidad una vez que te pega y el hedor de una tomada trasnochada. Diversidad de sabores, hay para todos los paladares, rentas y suelos.

Llegó el invierno y con él todo tipo de tormentas; internas, externas, colectivas. Nuestras rutinas se han desmoronado lentamente, hemos comenzado a tomar caminos distintos, en el sentido figurado, porque únicamente nos separamos para: a) baño, b) teletrabajo y c) mis caminatas solitarias.  

Julio

Tormentas, granizos, oscuridad, comienza a asomar, segundo tras segundo, la luz, el sol, el calor. El hogar silencioso, las caminatas para disminuir la pesadumbre de los días fugaces y las noches largas.

Tenía escrito de antemano en un cuadernito de notas que este sería el mes de los abismos. Pero ocupé tantas hojas, y garabateé tantas líneas, que no recuerdo dónde lo guardé. 

Encontré esta frase: “no soy más que una criatura profundamente desarraigada y ávida de encuentros sensoriales que reduzcan este ser individual”.

El frío es tal, que me entorpece el pintar con los “lápices de palo”, como se les llama a los lápices de colores recubiertos de madera. Los dedos entumecidos no facilitan la destreza que busco en el colorear (esa de sin pasarse de los contornos, muy controladito).

“No soy más que una criatura profundamente desarraigada y ávida de encuentros sensoriales que reduzcan este ser individual”.

Agosto

De la nada pasó julio, y a veces siento que me esmero demasiado en no olvidarte nunca jamás.

Ese día amanecí hundida en este miedo y nadando en una pena que me apretaba el pecho. Y amanecí también anhelando vivir nuevamente pedazos de lo que era nuestra cotidianidad; una taza de café a media mañana con un trocito de chocolate. Si alguien te veía, acompañabas todo eso con un sutil gesto de culpa. Casi no recuerdo tu voz, creo que eso también me aterró. Pero recordé que existen esos pocos videos donde apareces, allí puedo volver a escucharte una y mil veces.

Contemplé las nubes pasando mientras sentía la pena encapuchada de un hastío generalizado: hastío del encierro, hastío de tener todo el tiempo a la misma persona al lado, hastío de escuchar mis pensamientos y los del otro, hastío de la autocomplacencia, hastío de la autocompasión, hastío de la cocina sucia, hastío de la poca movilidad, hastío de mi privilegio, hastío de las envidias calladas, hastío de los ruidosos vecinos de arriba, hastío de mi tartamudez, hastío de las videollamadas, hastío de todo lo que veo en Instagram, hastío de racionalizar absolutamente todo. 

 

Me pregunté, pero en serio, ¿dónde estarás? El hecho es que desapareciste. Nunca sabré qué hay o dónde va a parar una después de la muerte. Nunca sabremos. Por más que queramos refugiarnos en la fe y otras fantasías, el final es el final (al menos del cuerpo). Eso igual me aterra, la desaparición total de la individualidad. Basta de decir “igual”, una de mis muletillas favoritas.

Hace tiempo que dejaste de ser dueña de mis penas y volviste a renacer desde las profundidades más inentendibles que generan los inviernos. Por su oscuridad, noches que parecen no acabar, árboles de tonos cafés, sin hojas. Todo aguanta en invierno, se sostiene, al límite con la muerte.

¿Cómo me verías hoy? ¿Estarías feliz de cómo estoy viviendo? ¿Sentirías orgullo? Desconozco. No sé cómo salí del dolor invalidante de tu ausencia, o quizás nunca lo dejé del todo. De eso me di cuenta en ese momento.  

– ¿Qué te pasa?

La voz más obvia del universo me volvió un poco a la realidad, que era igual o peor a la realidad en la que estaba yo y mis pensamientos. Mis ojos pedían un abrazo y le estiré los brazos.

-Extraño a mi yaya. Han pasado casi diez años, pero… no sé. Tengo mucha pena.  

Sin darme cuenta afuera ya estaba oscureciendo, y entre el dolor de cabeza producido por el llanto y la pegajosa humedad que queda después de inacabables días de lluvias, agradecí este compañerismo improvisado que nos ha sostenido mutuamente para no caer en el infierno invernal, que sin duda hemos rozado.

Otro día pasó, y sé que todos los agostos son difíciles.

Entendí que el duelo acompaña toda la vida, y que lo único que se va perdiendo con los años es la memoria y, junto con ella, los recuerdos. Que el dolor se va amortiguando, pero el vacío es una cuestión que queda inamovible, que nadie llenará porque no es un cuenco.

A finales de mes, fuimos dos veces de paseo. Un fin de semana a Concepción (San Pedro) y otro día a San Fabián y su precordillera. Renovarse por el viento cordillerano, la voz del río Ñuble y el olor del tupido bosque. Compramos un arrayán o mirto y plantas medicinales.

Ansiosos esperamos que el balcón floreciera. Y nosotros mismos. Todos en casa esperando que llegase la primavera.