Colaboraciones
erraticas

Ciclos vitales

Texto – Daphne Barly / Fotografía – Francisca González

Nacer, crecer, reproducirse, envejecer, morir. El ciclo de la vida, el que aprendimos en el colegio, que experimenta todo ser viviente en la Tierra. Desde pequeña me extrañó tal descripción de un ciclo, pues no veía el aspecto circular, al no poder conectar la muerte con la vida. Me parecía que representaba más bien una línea, la línea de la vida, desde un origen hasta un fin limitado. 

Por mucho tiempo, sentí cierta incomodidad con aquella definición, donde la vida parece comenzar y terminar en ninguna parte. Pero no fue hasta mucho más tarde que tal inquietud se transformó en una problemática que abundó en mis pensamientos. Fue tras enfrentarme a la muerte de mi padre. Pues este acontecimiento abrió en mí no sólo una dolorosa herida emocional, sino que también inauguró un nuevo camino filosófico, en búsqueda del significado que la muerte tenía en mi vida. 

Comencé a ver la muerte en todos lados. En nuestras células, pereciendo y proliferando día a día. En las bacterias, virus y hongos, que luchan continuamente por poblar nuestros organismos. En la matanza de plantas o animales que realizamos en cada comida. En las metamorfosis de nuestras historias de vida, donde morimos y renacemos cíclicamente. En la selección natural, que guía la evolución de las especies según su supervivencia. En el paso de los ciclos climáticos, anuales o milenarios, que congelan y regeneran toda la Tierra. En las primigenias estrellas de hidrógeno y helio, que estallaron y renacieron muchas veces, para producir la diversidad de elementos que hoy compone el universo.

Cada vez, este ciclo vital me hacía más sentido como un arquetipo que se reproduce a través del cosmos. Pero aún no podía unir la muerte a la vida, cerrando el círculo. Hasta que me di cuenta de que, para mí, este ciclo no era representable ni en una línea ni en un círculo. Pues la vida no termina en la muerte, sino que persiste, genéticamente, en su descendencia, culturalmente, en los arquetipos legados y, físicamente, en la descomposición del cuerpo que nutre otras existencias. Las nuevas generaciones continúan las antiguas. Las historias que vivimos son luego encarnadas por otres. Nuestras singularidades se desintegran en la muerte para ser asimiladas por una diversa multitud de formas de vida. 

Así, la línea de una muerte no se conecta tanto con un nacimiento, sino con los crecimientos de otres seres vivientes. Y la reproducción no se une tanto al envejecimiento, como al nacimiento de su progenie. Pues tal como veo un ciclo guiando la supervivencia en la selección natural de Darwin, encuentro otro que guía la descendencia en la selección sexual. Tal como poseemos una pulsión de muerte, según Freud, también nos mueve una pulsión de vida. Así, pude ver este proceso vital constituido más bien por dos ciclos: uno de regeneración (de matar y morir) y otro de reproducción (nacer y engendrar). 

Además, comprendí este ciclo vital ya no según la imagen del círculo, cerrado y repetitivo, sino a partir de raíces y espirales, que conectan las genealogías de todes les vivientes y se diferencian singularmente en cada retorno. Así, imaginé todas las vidas en la Tierra evolucionando a partir de la repetición y la transformación de las vivencias de sus antepasades, en complejas espirales genealógicas originadas todas en las experiencias de las primeras células. Primero nacer, crecer, morir, reproducirse. Luego comer y ser comida. Reproducirse asexualmente, sin variación, dividiéndose sexualmente a través de la muerte y la proliferación. Después, sexualmente, uniéndose entre sí, combinando materiales genéticos y aumentando la diversificación. En cada vida, una metamorfosis de estas historias originarias, una apropiación y una variación de las experiencias que compartimos con otres seres vivientes. 

 Siguiendo tal concepción, podríamos narrar nuestros procesos históricos volviendo siempre a estos ciclos, reconociendo sus orígenes en las mismas fases vitales. Para de tal modo descubrir como variaciones del ciclo regenerativo (de descomponer y recomponer): la evolución de nuestro metabolismo, sistema inmunológico o envejecimiento celular; el avance de nuestra actividad médica, agropecuaria, industrial o militar; y las producciones culturales, sociales y económicas heredadas por nuestres ancestres. Por otra parte, también podemos encontrar como retornos al ciclo reproductivo (de procrear y ser procreade): la atracción, la concepción, la gestación, el cuidado, la crianza, la educación, el arte, la investigación, la amistad y el amor, no sólo con nuestros lazos sanguíneos y nuestras comunidades, sino también volviendo a estas vivencias en la evolución de nuestros lenguajes y nuestras creaciones artísticas, políticas, intelectuales, científicas o sociales. 

Por un largo tiempo, pensé que éstos eran los dos únicos ciclos vitales, de la Vida y la Muerte, los máximos patrones recurrentes en la evolución de la gran Vida que recorre la Tierra y el cosmos. Pero entonces me encontré con el ciclo del agua, del que de alguna manera somos parte, en su fase de infiltración, mientras ella pasa líquida por nuestros organismos, en su camino para llegar al mar. También reconocí cómo nuestros cuerpos integraron este ciclo en nuestro sistema urinario, en el que bebemos, filtramos, absorbemos y orinamos agua. Del mismo modo, encontré gracias a una crítica de Irigaray a Heidegger, que yo también había olvidado el respiro del ser, como ciclo cotidiano en el que inspiramos, difundimos, intercambiamos y expiramos aire. Y vi que este proceso también hacía parte de otro ciclo ecológico que compartimos con las plantas, del intercambio entre oxígeno y dióxido de carbono. Así, descubrí no dos, sino cuatro ciclos vitales que se reproducen en nuestras vivencias: la fogosa reproducción, la terrestre descomposición y nutrición, la líquida purificación y la gaseosa respiración. Hasta ahora, los cuatro elementos. Aunque también podrían ser infinitos los ciclos.

Dentro de esta nueva narrativa, la muerte fue cambiando su significado en mi vida. Al encontrar la descomposición y la asimilación que le suceden, pude ver en ella no un fin sino una metamorfosis y una interconexión entre vivientes. Gracias a este proceso, siguiendo a Haraway, también pude concebir la humanidad más cercana al humus que al Homo, siendo parte de un compostaje simpoiético entre todes les seres de la tierra. Al mismo tiempo, a diferencia de quienes ven, luego de la muerte, una trascendencia reencarnativa o supraterrenal del alma, yo pasé a interpretarla a través de una desintegración del cuerpo y del espíritu, que siempre alimenta otras vidas. Así, he seguido todos estos años nutriéndome de mi padre: sus genes, sus ideas, sus vivencias y sus arquetipos. He ido sustentando mi vida con el compostaje de su muerte.

De esta forma, pude encontrarle un sentido a la muerte, en su natural descomposición, que siempre lleva a la nutrición de lo viviente. Y pude integrar esta regeneración a una serie de otros ciclos vitales, como la reproducción, la purificación y la respiración. Así, pasé de concebir mi vida como una línea finita y solitaria, a imaginarla como una fracción de la Gran Vida y sus infinitos espirales genealógicos, de procesos que varían, retornan y nos conectan con toda nuestra ascendencia y descendencia cósmica