Lápidas de tela

Escrito por Tabata Yañez / Fotografías por Kika González

Eduardo, Anselma, Delfina y Cristián por un lado; Claudio, Yolanda y Marta por otro. María Paz tiene florcitas bordadas en un fondo rosa al costado de la palabra Iquique, que cosieron en hilo rojo. Arriba costurearon una llama frente a dos cerros donde se lee, también, Arica y abajo la fecha “6 de Jun 2021” registra el deceso. Todos estos nombres van formando un gran lienzo memorial hecho a mano por la Colectiva “Para Remendar el Dolor”, quienes honran a personas fallecidas en pandemia a través del arte textil, porque en su momento les impidieron un ritual mortuorio digno. 

Nos reunimos en el Parque Cultural la Ex Cárcel, en la sala de lectura, a modo de velorio. Una mesa de blanco y negro, tablero ajedrés, indica que será el punto de encuentro entre nuestras historias o las de nuestros muertos. Sobre ella reposan velas, rollos de canela y foccacias. Hacia el fondo, un cajón abierto invita a mirar lo que hay en él mientras alguien canta y toca la guitarra. Sirven gloriao, trago típico de funeral, bien caliente para quien toma asiento. Macarena, co fundadora de Fundación Muerte y de los Encuentros Interdisciplinarios sobre La Muerte (EIM), quien organizó este rito  llamado “Puntadas para la eternidad” junto a la colectiva, agradece la asistencia, advirtiendo que la conversación será mediada por su reloj de arena. Lo deposita en la mesa frente a ella. 

El rito comienza con la primera hilvanada y el turno de la persona a la izquierda, que tratará de responder por qué está aquí y cuál es el nombre que bordará. Acompaña a su pareja, dice. No deja dudas ni verdades, tampoco para de coser. Da el paso a su compañera y de ahí a la siguiente. Así, de boca en boca, va saltando la muerte. Las agujas oscilan dentro y fuera, sus movimientos forman una cadena rítmica de manos, brazos, dedos, que hace de quienes estamos alrededor de la mesa un solo cuerpo. 

Dos mujeres que son amigas hablan sobre sus pérdidas, se consideran bordadoras. Un joven cuenta que está haciendo su tesis sobre lo que nos convoca, debido a que su abuela falleció de COVID. La chica que está a su lado sabe bien lo que él siente. Algunas asistentes llegaron por casualidad, al tiempo de haber vivido un reciente duelo, que les hace pensar: no fue tan fortuito. A la mayoría se le quiebra la voz, toman breves silencios para que se les desmenuce de a poquito. Al resto nos sobrecoge su sentir o nos lloran los ojos al recibir la historia. A mi se me atora la emoción, es el típico nudo, como cuando me abrochaba fuerte los zapatos del colegio, pero en la garganta. 

 “A mi se me atora la emoción, es el típico nudo, como cuando me abrochaba fuerte los zapatos del colegio, pero en la garganta. “.

La muerte va dando vuelta en trescientos sesenta grados hasta detenerse en un médico, que confiesa y siente haber cargado una responsabilidad al fallecer su abuela, parte de la familia también está en la mesa, juntes bordan el mismo nombre. 

Vamos componiendo lápidas de tela, la mía es para Francisco Guerra Aravena (62 años). No lo conocía, la colectiva me lo asignó entre sus registros, tienen papelitos con una breve descripción de quien fue la persona. “Trabajó casi 40 años en la universidad. Ligado al área de Deportes de la Universidad Católica, vió pasar a un gran número de estudiantes, académicos y funcionarios por las dependencias de la piscina del campus San Joaquín. A sus 63 años, el cáncer y el Covid-19 apagaron su vida en febrero de 2021, aunque no su recuerdo”. 

Queda poca arena por caer, esta vez le toca hablar al que cantaba, su historia trata sobre velorios de angelitos y un músico como él. Para cuando es mi turno ya no queda mucho que decir. Vengo por Erráticas y su quinto número Muerte, que está en exhibición al principio de la sala, y no me quiere soltar, yo no conversaba estas cosas pero aquí estoy; me hizo escribir una carta para cuando muera, me grabó leyéndola y ahora me tiene con la garganta atada. La conversación no termina conmigo y les asistentes ahora pimponean la muerte, después de dar vuelta el reloj.  

La hora final se acerca, y con ello las últimas reflexiones de la jornada. Macarena agradece a los asistentes y se despide compartiendo un sentir que surgió durante el café de la muerte donde lanzamos el 5to número de Erráticas y que hoy se repite como un mantra. “Cuando nos reunimos a conversar en torno a la muerte nos damos cuenta de que estamos liberando emociones contenidas durante mucho tiempo. Pusimos hoy en palabras sentires sobre la muerte que muchas veces nos guardamos porque no es el momento o el lugar para decirlos, o porque alguien podría pensar que estamos mal por estar tristes, incluso por no estarlo como se esperaría. Gracias por compartir sus historias y salud por la muerte, y por la vida”. 

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